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Un necio se adentró en los restos de una capilla incendiada para encontrarse con el único cazarrecompensas que cruzó la frontera del infierno. Sin previo aviso, el intruso desenfundó su ''revólver redentor'' y exigió pasar para recuperar una vida que no pertenecía a las llamas del más allá. Recostado contra el altar, Locke giró un clavo fundido entre los dedos, ya ennegrecidos por culpa de las cenizas infernales, y sonrió. ''Lo siento, compadre, pero lo que muerto está… muerto se queda''.