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LeBlanc disfruta cada día de su labor como archidemonio, pero hasta las mentes maestras de la tortura y el sufrimiento se merecen unas buenas vacaciones cada tanto. Apenas pisa la playa, descansar bajo el sol se convierte en su única prioridad, y solo se levanta de la arena para bañar a los desprevenidos con maldiciones que duran más que cualquier bloqueador solar. Cuando se le antoja un bocadito de agonía, su atenta y devota capa, Belceburbujas, se la sirve con hielo.