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El viento gélido que una vez le robó el aliento a Anivia le dio alas al picuchillo crepuscular. Desde su nido en la cima de la montaña, entre las ruinas de la civilización, Anivia contempla con odio las obras de la humanidad por cómo los mortales han malgastado los dones de la naturaleza. Blandiendo el poder primigenio de la tormenta, Anivia reduce a poco más que polvo a quienes albergan avaricia en el corazón.